LOUISE

 

Escribir no me alimenta... no me sacia... no me llena... no me abraza... ni te devuelve a mi existencia. Pero unas tímidas hojas de papel es lo único que tengo... quizás... solo quizás... ellas permitan que me ría de mi mismo mientras, lejos y virtualmente, tu cierras cuidadosamente esas maletas en las que no hay lugar para esperanzas ni liturgias de regresos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Solo queda un explícito "que se vaya al carajo" para cerrar la tienda y borrar del Outlook esa dirección o del ICQ ese número, que uno apenas soporta como parte de su existencia..

 

 

 

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(Apenas consigo separar la vista del pequeño paraguas de papel, que se ha roto de tanto estar sobre mi mesa; pertenece a otro tiempo en el que yo bebía daiquiris con un ligero toque de menta... y tu estabas conmigo... sentada en nuestra mesa... endulzando mi vida y perfumándola con aromas de suavidad... casi sin querer... seguro que queriendo...

 Mañana ya no estarás y yo no quiero esperar para echarte de menos...

Por eso estoy aquí... recordando que debo olvidarte o, también, que tengo que olvidar que te recuerdo...

Escribir no me alimenta... no me sacia... no me llena... no me abraza... ni te devuelve a mi existencia. Pero unas tímidas hojas de papel es lo único que tengo... quizás... solo quizás... ellas permitan que me ría de mi mismo mientras, lejos y virtualmente, tu cierras cuidadosamente esas maletas en las que no hay lugar para esperanzas ni liturgias de regresos.

¡Puedo hacerlo!, ¡sé que puedo!, divagaré hasta que se sacie de absurdo mi mente... hasta que no quede lugar para ti... ni haya una sola neurona que, al oír tu nombre, se estremezca...

Y te irás... te desvanecerás como una aurora boreal... como un espejismo... como un problema no resuelto...

El nuestro es otro tiempo... otra vida... otros momentos...)

 
Hay momentos en la vida de uno que parecen de otro...

 Dicho esto ya casi no me quedan palabras para continuar; lo cual tampoco me preocupa demasiado porque, no puedo evitar pensar, hay vidas que tienen tanto sentido que se resumen en una frase, el problema es encontrarla.

 Hay veces que mi vida me parece una de esas, de las que solo necesita una frase corta para ser explicada; pero cambio de idea rápidamente y me digo que no es posible. Yo diría, de mi mismo, que he vivido para plantear mas dilemas que soluciones, para dejar más preguntas que las que fui capaz de contestar y, en fin, para conseguir una intranscendente trascendencia.

 Por eso sé que, repito, hay momentos en la vida de uno que parecen de otro...

 Pero bueno, heme aquí tratando de encontrar una breve frase y consiguiendo, tan solo, confesarme casi en secreto que no se han hecho para mi los conceptos de la brevedad.

 - ¡Estas como tenso...! -me oigo decir-

 - Sí..., es posible..., tal vez... -me respondo-

 Y, tontamente, la vida sigue en el exterior tan llena de energía que no puedo evitar levantarme y mirar por la ventana...

 - ¡Te sentirás limpia...!, ¡te sentirás bien...! -la televisión no deja de advertirme-

 En el exterior llueven rayos de sol; treinta grados a la sombra son muchos grados y pienso que tiene que ser incómodo, por eso me invade una alegría irreprimible ya que solo estamos a veintinueve. Es curioso, parece que el día y la temperatura se pusieron de acuerdo; no puede ser casualidad que estemos a veintinueve grados el día veintinueve, claro que, ahora que lo pienso, hay muchas cosas en este mundo que son o tienen veintinueve...

También hay un árbol en el exterior; esta lejos pero es un árbol porque se parece a los arboles que he visto en una excursión del colegio, hace muchos años pero lo recuerdo perfectamente. Los arboles no son nada humanos pero sí son muy conservadores; yo creo que, de poder, votarían a la derecha que quedase más a la derecha. Yo no he visto nunca un árbol progresista, todos llevan años con las raíces profundamente enterradas en el mismo lugar en que nacieron; bueno, todos, lo que se dice todos, no porque hay algunos que han sido trasplantados pero son la excepción que confirma la regla. Los animales sí son progresistas y, a través de la historia, nos han demostrado que, con fuerza de voluntad y ganas, un miserable microorganismo puede llegar a ser Albert Einstein, por poner un ejemplo. ¿Quien se lo iba a decir al "micro" citado? y, aunque hubiese alguien que osase decírselo, ni él mismo podría creerselo.

 Y es que la falta de seguridad en uno mismo es el primer problema de los progresistas, ni ellos mismos se creen lo que pueden llegar a ser...

 Al final aquello tan manido y lúcido de "si nos encuentran, estamos perdidos" es la gran frase, el compendio de la sabiduría acumulada a través de siglos de evolución; además, lo que dice la frase es deliciosa y doblemente cierto, tan interpretable como irrebatible. La verdad es que no recuerdo frases como ella, capaces de indicarme de una sola vez que, por una parte, el efecto de encontrarnos implica una causa: estar perdidos, y, por otro lado, que el efecto de estar perdidos es fruto de una causa: que nos encuentren. Curioso y demencial pero nada irrelevante, a mi me costó un buen rato encontrar la mística y no podía resistirme a difundirla...

 
(Ya casi no estás... ya casi ni te recuerdo... aunque creo que llegué a quererte con detalle y a amarte con esmero...

Escribir no me alimenta... no me sacia... no me llena... no me abraza... pero te aleja... y eso creo que es bueno...

Divagaré aún más... hasta que se sacie de absurdo mi mente... hasta que no quede lugar para ti... ni haya una sola neurona que, al oír tu nombre, se estremezca...

Y te irás... te desvanecerás como se desvanecen las ausencias... sin ropa interior... desnudas... como un enigma no resuelto...

El nuestro es otro tiempo... otra vida... otros momentos...)

 
Hablaba de árboles y de animales -los minerales no me interesan de momento porque son duros de mollera y representan la parte más extrema de los extremos- que venían a ser estereotipos de conservadores y progresistas, meras metáforas naturales que me sirven para defender mis convicciones y, al tiempo, atacar elegantemente las de los demás. Y digo elegantemente porque nadie podrá acusarme de ser vulgar si afirmo, sin rubor y en voz bien alta, que los potenciales evolutivos de los arboles están limitados por su propia naturaleza. ¿Os imagináis al rodoendro del jardín caminando?, ¿podéis
aceptar la posibilidad de que aquel ciprés de sombra largada se transforme en un elegante orador de levita negra?, ¿creéis que es posible que los pinus pinaster del parque municipal llegaran algún día a desfilar tras una pancarta para reclamar sus derechos?. Yo no puedo y me parece que es normal mi impotencia imaginativa.

 Reconozco, por otra parte, cierta habilidad revolucionaria en los árboles y plantas; pero es una inclinación imperialista y fascista ya que, que yo sepa, de lo único que son capaces es de conquistar superficies por la fuerza del colonialismo más exacerbado. Luego vendrán y nos dirán que es la necesidad de espacio vital lo que los impulsa, pero no será más que una excusa; la realidad es otra y esa destructiva tendencia okupa me parece excesivamente prusiana para concederle el beneficio de la duda. Además, su actitud vital es una lucha constante contra la civilización, que no puede más que ser considerada como destructiva. Fijaos hasta que punto entran en conflicto con el progreso que, por ejemplo, si no te preocupas de desbrozar anualmente los arcenes acaban por inhabilitar las vías de comunicación; digan lo que digan, es terrorismo natural teñido de un atávico revanchismo, quizás porque los  arboles aun creen que los animales le han robado un espacio vital que era suyo. Ellos, arboles y plantas, solo sueñan con un mundo de intrincada maleza y en el que sean los dueños del horizonte, los amos de los rayos de sol y los propietarios de la lluvia y la brisa veraniega. ¿Que no me creéis?, bien; tendré que convenceros.

 Una selva virgen no es más que una patética manifestación de inmovilistas -esto es obvio porque los manifestantes no se desplazan ni un centímetro-, que crece  tridimensionalmente colonizando el cielo y la tierra hasta hacerse dueños del entorno y controlar la cantidad de luz o agua que llega al suelo. No contentos con eso, se afanan en convertir en una maraña el propio espacio conquistado, enredándolo y confundiéndolo todo para que sea más difícil luchar contra su particular sistema. Y, tengo que preguntarme, ¿persigue evolución su actitud?; y tengo que responderme que no, que lo único que buscan es entorpecer los movimientos de los que pueden moverse, empequeñecer la imaginación de los que poseen inteligencia y, a fin de cuentas, hacer esclavos a los que, merced a su capacidad motriz, han nacido libres. Curioso, ¿verdad?.

 
(Suena el teléfono... es Ryna... me pregunta por ti... hablo y hablo para que ella sepa que no estás... para convencerla de que ni te recuerdo... aunque creo que Ryna no me cree... que ella sigue pensando que llegué a quererte con detalle y a amarte con esmero...

 Me despido cortésmente... Ryna no tiene la culpa de que ni estés ni te recuerde... De nuevo siento que escribir no me alimenta... no me sacia... no me llena... no me abraza... pero te aleja... y eso creo que es bueno...

El nuestro es otro tiempo... otra vida... otros momentos...)

 
Ya se que mi historia de árboles y de animales puede parecer a simple vista un subproducto politicoliterario; en realidad no lo es, aunque no sabría muy bien como explicarlo. Eso si, vistas las cosas de ese modo entenderéis porque soy un pez sin agua cuando podría ser otras cosas que, igual, no me da la gana de ser. Uno, la verdad, tiene que ser consecuente y magnánimo, decidido y conformista, practico y romántico, responsablemente irresponsable y, ¿por que no decirlo?, un poco cabrón para que las contradicciones existenciales no se adueñen de su existencia.

 - ¡Estas como tenso...! -me oigo decir, de nuevo-

 - Sí..., es posible..., tal vez... -me respondo, otra vez-

 Y, tontamente, igual que hace un rato, la vida sigue en el exterior tan llena de energía que no puedo evitar levantarme y mirar por la ventana... otra vez... de nuevo...

 Dicho así casi parece que no tengo nada que hacer, pero nada más lejos de la realidad. Hoy me levanté ocupado por decisión propia, pienso hacer tantas cosas que, prácticamente, no me quede tiempo en el que "no tener que hacer".

 Lo curioso del caso es que yo escribía de árboles y selvas cuando, en realidad, pretendía hacerlo sobre cuestiones diametralmente opuestas. Yo me senté, créanme, con el firme propósito de escribir un capítulo más de mi novela. La idea era introducirles, poco a poco, en la virtualidad e intentar ficcionar esa realidad venida a menos que consigue vaciar las calles y colapsar los teléfonos.

 Y como quiera que tenia que imaginármela primero, pensé en ella como en una cyberselva. Así resultaba mas fácil, mas sencillito y adecuado, más metafórico y prudente. En síntesis una cyberselva , y permítanme que vuela a repetirme, no es más que una patética manifestación de inmovilistas -esto es obvio porque los internautas no se desplazan ni un centímetro para llegar muy lejos-, que crece tridimensionalmente -entre las dimensiones psíquicas, emotivas y dactilovisuales- colonizando el cielo y la tierra hasta hacerse dueños del entorno y controlar la cantidad de realidad o de ficción que llega a nuestra existencia. No contentos con eso, los internautas se afanan en convertir en una maraña el propio espacio virtual, enredándolo y confundiéndolo todo para que sea más difícil luchar contra su particular sistema. Y, como hace unas líneas, tengo que preguntarme, ¿persigue evolución su actitud?; y, también como hace un rato, tengo que responderme que no, que lo único que buscan es entorpecer los movimientos de los que pueden moverse, empequeñecer la realidad de los que poseen inteligencia y, a fin de cuentas, hacer esclavos a los que, merced a su capacidad motriz, han nacido libres y creen que aún hay hierba debajo de los adoquines de las aceras. Curioso, ¿verdad?, pero cierto...

 Nuestros grandes problemas cotidianos, incluso el ansia de vivir y la propia sensación de estar vivos, se eclipsan ante la magia de la anfetamina virtual que la comunicación sin compromiso nos ofrece. Nace así un nueva conciencia, tan subrrealista como eficaz e imprescindible para olvidar todas y cada una de las circunstancias que nos rodean. Quizás por ello los ricos ni lloran ni navegan; los pobres tampoco, porque ni le quedan lágrimas por llorar ni, para navegar, tienen dinero. Internautas somos la clase media, aquellos que estamos atrapados entre el ser, entendido como triunfo social, y el no ser, entendido como pobreza. Y cada día cogemos nuestro barquito de papel para adentrarnos en una gigantesca feria de vanidades donde todos los hombres son altos, rubios y de ojos verdes... las mujeres son increíblemente bellas y no tienen la regla... la edad sube o baja según conviene... y, ¿por que no?, uno tiene tantos títulos universitarios como desee...

En un sentido amplio, la virtualidad de la red tiene un cometido equilibrador de las frustraciones que acosan al homus cyberneticus; claro que, como contrapartida, evidencia su fragilidad y su inconsistencia. La conclusión es que esto de internet no ayuda mucho a que el mundo avance socialmente, aunque parezca lo contrario, pero es práctico. La red es un hábitat tan perfecto que permite cualquier fantasía de
Tolkien o el absurdo más bretchiano y, lo que es más importante, tiene la memoria que queramos que tenga.

 La fauna del cyberespacio es tan ficticia que incluso parece natural que los auténticos nos alejemos de esos pagos, creemos aldeas aparte en las que conocernos de verdad y olvidarnos de las hipocresías internautas que vivimos a diario; y aún así, siempre se te cuela alguien... que ha entrado con la máscara disimulada... que crece y se reproduce en las alcantarillas y en los conductos de ventilación hasta hacer
el ambiente irrespirable y fétido.

 La miseria interior del ser humano es un caldo de cultivo idóneo para todo tipo de enfermedades y, es tan real como exacto, la red actúa de catalizador para que los virus se expandan. Y no hay más vacuna que la sensatez para evitar contagiarse, para impedir que los deseos subconscientes de autodestrucción terminen por adueñarse de quienes siguen siendo seres normales, con una realidad perfectamente tangible que, en ningún caso, es subsidiaria de la virtualidad momentánea que otros consiguen a través de circuitos y cables.

 Que conste que me encanta chatear... perderme entre la inmensidad virtual como un muñequito de peluche azul en busca de muñequitos de peluche rosa... dejar que los instantes se sucedan sin soltar mi café con leche desnatada... o versionar al estilo más científico los viajes astrales de mis adorados monjes tibetanos. Un psicólogo diría que padezco de soledad endémica pero se equivoca, en realidad soy un aventurero de sillón... un heroico explorador cosmopolita... un cosmonauta del cyberespacio... y muchas más cosas que no me atrevo a decir por si alguien las lee y no acaba de comprenderme.

 Y en esa realidad virtual no es difícil sentirse Indiana Jones, Lummumba, Hitler o Rockefeller; lo difícil es ser uno mismo, no ocultar la identidad tras cualquier nick que más o menos refleje nuestro subconsciente, reconocer que uno es gordo y bajo, que le queda menos pelo del que quisiera o que malvive a diario y tiene números rojos en su cuenta corriente. La clave para sobrevivir cuerdo está en hacerle el juego a la hipocresía, asumir que ser un internauta no es más que un juego de máscaras y de sombras chinescas.

 
(Recibo un mail de Ellen... me cuenta los planes que hicisteis para viajar a no sé que lugar que queda muy lejos... Me dice que te dé un beso...

Me cuesta recordar tu rostro mientras le contesto... o quizás lo que me cuesta es que tu rostro no vuelva a mi mente...

Mi respuesta es extraña y en estéreo... extraña porque ni yo la entiendo... en estéreo porque suena bien y parece que te envuelve cuando la lees...

Estoy un tanto molesto con mi servidor... parece que no quiera hacer llegar a Ellen esa mentira mía, que no consigue ser algo más que una verdad a medias...

¡Da igual!, ¡no me importa lo que piense!, no estás... ni te recuerdo... solo sé que llegué a quererte con detalle y a amarte con esmero... en otro tiempo... en otra vida... en otros momentos...

Y eso creo que es bueno...)

 
Cualquiera de nosotros conoce a alguien que, digamos hace un par de meses y sin ir más lejos, se encontró con una dama que parecía señora y no lo era... que dijo ser soltera y no lo era... que estaba en un país que no estaba... y, por acabar de algún modo, que era desgraciada y no lo era... Ya sé que son demasiados "era" para tan poco trigo, pero, decidme, ¿como puede uno explicar ciertas cosas sin caer en la redundancia recurrente?.

 Claro que, de mismo modo, usted y yo seguro que conocemos a un caballero que parecía caballero y no lo era... que dijo ser soltero y no lo era... que estaba... que estaba etcétera y etcétera...

 Seguro que es una historia corriente, nada que merezca las líneas que ocupo ni las palabras que empleo, pero para toda historia está necesitada de personajes y de  momentos. Y, claro, como la clave de esta es el realismo, creo que lo más pertinente es sugerir que la dirección correcta de las miradas es alguien que vive en nuestro entorno, a quien podemos poner cara y cuerpo, que conocemos y visualizamos casi sin problemas. Me ahorro, de esa manera, un montón de descripciones y hasta diría que de engorrosos problemas literarios, tanto en lo que respecta al personaje en si como a la puesta en escena.

 A fin de cuentas, lo que yo quiero es expandir la soledad hasta que se convierta en algo más que un memorial de ausencias. Vuelvo entonces a retomar el hilo, a dejarme de diatribas y a plantearme seriamente aclarar mis ideas.

 La soledad -empiezo- es como un libro abierto, solo hace falta leer con gafas de vitriolo para desnudar miserias. Ocurre entonces que uno se sorprende y eso que creía estar curado ante las sorpresas.

 Mis personajes, a los que llamaré personajes para entendernos, se han instalado en la cabeza de cada uno de nosotros; ya estamos tan seguros de que son ellos o ellas que difícilmente alguien podrá discutirnos ni nuestra sagacidad ni la perspicacia que tenemos para descubrirla entre los que nos rodean.

 Solo queda entonces jugar un poco al despiste, aportar datos contradictorios para que la trama conserve la tensión desde el primer momento y, al tiempo, no se descubra realmente cual es el prototipo que el autor escogió para contar la historia que ahora mismo está construyendo. Lo queramos o no, en casi todas las ocasiones la verdad es la mejor mentira y viceversa; quizás por ello, mi mejor aliado va a ser la imaginación que mis lectores tengan. Puede parecer una paradoja pero prometo que no lo es, tal y como iremos viendo. En realidad todos somos muy parecidos y quizás solo nosotros mismos seamos los que nos vemos diferentes.

 Para cumplir con el guión de internet, mis personajes se inventarán una identidad noble, idílica y ausente de miserias; la construirán poco a poco... con trocitos de lo que les gustaría ser y no pueden... ataviándose de oropeles para disimular que están rellenitos por no cuidar la dieta... omitiendo todo rastro de su procedencia y hasta violando la nívea blancura de cualquier papel para intentar convertirse en los rapsodas por excelencia de estos tiempos modernos. Uno, a vol d’oiseau, no acaba de verlo en los primeros compases de ese tiempo que se comparte entre la soledad, la noche, la pereza y el sueño; pero, un poquito más tarde, se da cuenta.

 
(Mi estudio se ha llenado de humo de cigarrillo negro... necesito abrir la ventana de nuevo... asomarme y respirar realidad a pulmón lleno. Aparentemente esta parte no debería figurar en esta historia, pero...
¿no creéis que, de alguna forma, es parte de ella?.

 Lo importante es que todos sepáis que ya no hay nada más que vacío en el lugar en donde estuvo ella... apenas un vacío perfilado por una tenue silueta... nada que a nada ni a nadie me recuerde...

Por eso os cuento que hace un calor frío afuera, yo no me llevo muy bien con el exterior que me rodea y, quizás, por ello solo me asomo para verlo. Son momentos en los que uno piensa en como y de que manera... en como continuar la historia... y de que manera hacerlo.

Posiblemente necesite un café... una tacita espumosa y humeante que huela a otros cafés y a otros tiempos. El café es como una poesía inacabada... siempre queda una dulce amargura entre los dientes, allí donde el paladar duerme sueños imposibles de carpaccio de pato o bogavante a las finas hierbas...

Escribir me da un hambre de perros... a veces pienso que soy como el Lazarillo de Tormes... aunque no acabo de encontrar mi ciego.

Sorprendentemente no he visto salir humo por la ventana. Se diría que se ha ido de puntillas, atemorizado y un tanto escéptico. Me hubiese gustado verlo salir, mas que nada para decirle adiós... para despedirle como se merece quien ha compartido pulmones y hasta provocado tal ataque de tos que me duele el pecho. Lamentablemente era un humo maleducado... nada cortés y, posiblemente, analfabeto;
eso si, se veía que tenia humos... cosa que ocurre siempre en aquellos que no son pero quieren parecerlo...

Ahora si que ya te has ido... que ya no estás... que ni te recuerdo... apenas estoy seguro de si llegué a quererte con detalle y a amarte con esmero... en otro tiempo... en otra vida... en otros momentos...

Y eso creo que eso es incluso secundario... lo importante es terminar lo que, para olvidarte del todo, estoy escribiendo...

Retomemos el hilo... decía yo que "Uno no acaba de verlo en los primeros compases de ese tiempo que se comparte entre la soledad, la noche, la pereza y el sueño; pero, un poquito más tarde, se da cuenta...")

 
Es entonces cuando se convierte en científico y piensa -para pensar no es necesario ser científico, pero ayuda un poco usar el cerebro-, ¿por que no?, que ha descubierto una rara avis que merece un detenido estudio y hasta puede que una tesis. Y pergeña con detalle el guión, dispuesto a llegar hasta el Sahara si ello fuera menester... a vencer todo lo vencible... y a superarse tanto que, al llegar, ya uno ni sepa si es o si sigue siendo...

 Pero, es obvio, como esta no es una historia rosa... nada de lo que uno espera acaba sucediendo...

 La opacidad inicial se diluye poco a poco, pierde textura el personaje y el individuo se asoma tras el cortinón en un ballet inverso y crudo, metamorfoseándose desde mariposa a gusano sin apenas detenerse en ser enigmática crisálida y decepcionándonos a cada momento.

 Lo que antes era desgraciada existencia se va volviendo "tiene lo que quiere".

 Aquello que un día fue comprensión se convierte en un "tiene lo que merece".

 Y el dogma de fe va desvaneciéndose y aproximándose a un simple "está mintiendo".

 Solo queda un explícito "que se vaya al carajo" para cerrar la tienda y borrar del Outlook esa dirección o del ICQ ese número, que uno apenas soporta como parte de su existencia...

 
(Y es entonces cuando el pequeño paraguas de papel se acerca reptando con esfuerzo... hecho jirones... desvalido y maltrecho...

¡Joder!, Louise... ¡como te echo de menos!)

 

                        

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