CARTAS DE DOLOR, AMOR Y RABIA

Y cuando la vista reposa, de nuevo, en el almario que mi viejo ha creado me doy cuenta de que mi labor casi ha terminado. La carpeta que, como un vientre de madre, ha guardado los incunables asoma unas últimas hojas que presagian el final no deseado.

Leyendo a Cáim casi me he reencarnado. Ambos pagamos en vida el haber sido entes libres y contestatarios, tan alternativos que llegamos a resultar insoportables; ahora yo soy un diablo pobre, expulsado junto a Lucifer del mítico cielo cristiano, mientras él es un pobre diablo cuya marginalidad es, al mismo tiempo, una afrenta y el resultado de la inhumana humanidad del genero que lo ha condenado.

"Cartas de dolor, amor y rabia", genérico que compacta el ultimo de los episodios personales de Ero Cáim, es un hatillo de raídos óleos sobre los que dejo caer mi interés de, cada vez más, subjetivo investigador de seres humanos.

"Recibí el paquete como se reciben las amenazas; no había en él remite alguno y quien escribiera las hojas que contenía, encerradas en sobres numerados, había olvidado firmarlas. Es posible que el azar me hubiese elegido como destinatario o, por el contrario, que alguien me las hubiese enviado para que yo leyese entre líneas algún mensaje.

Era difícil adivinar el objetivo que perseguían, pero no pude evitar abrir cada sobre como si fueran cartas anheladas...

Sobre nº 1

No sabia si escribir una carta y enviármela a mi misma por correo certificado urgente o, era otra posibilidad que venia a mi mente, comprar un diario de esos que tiene una cerradura pequeñita y rellenar sus vírgenes hojas con desesperación y miserias.

La decisión no me resultaba fácil; yo sabia que nunca leería la carta y no encontraba muy lógico malgastar el sobre y el timbre de correos aunque, por otra parte, me repugnaba la predeterminación que conllevan todos esos diarios de juguete quizás, solo quizás, porque tienen un número finito de páginas y me asusta un poco el tener que ceñir mi intimidad a los estándares de la fabricación en cadena.

Pero tenia que decidirme porque necesitaba levantar acta de mi inocencia o quizás, tan solo quizás, por mero acto reflejo de solidaridad con otras ignoradas mujeres que, como yo, mantenían a diario la imagen pública de modestas amas de casa sin problemas. Por ellas y por mí deseaba materializar un acto de callada rebeldía, de intimo desacuerdo, que no aspiraba a alcanzar trascendencia pero que deseaba reivindicar esa dignidad de la que nos desposeen aquellos que creen que nuestra vida se escribe con rinmel y lápiz de ojos, frente a un espejo, mientras aguardamos en silencio la llegada de un hombre para que devore nuestro trabajo y nos haga el amor en un acto reflejo.

Yo, que soy una de tantas, anhelaba un trocito de humanidad, apenas una porción de ternura y, también, el silencioso desagravio de una caricia pública de reconocimiento. El problema era resolver el método para obtenerlos sin malgastar gritos de protesta para reclamar derechos inherentes ya que, a fin de cuentas, la libertad concedida no es libertad sinó fuero.

Era, pues, el momento de utilizar lo que había aprendido en la escuela y que llevaba años sin usar, enterrada en un mundo circular de visitas culturales al supermercado, melodías clásicas de centrifugados, vistas panorámicas desde el tendedero, senderismo con los niños en el parque municipal y excursiones gastronómicas con mis ollas y pucheros. Además de todo ello yo sabia escribir, quizás no muy bien pero sí lo suficiente para redactar con el corazón miles de paginas y cientos de memoriales de inocencia.

La decisión llegó a mi de la mano del viento y acaricio mi espíritu como un beso. Sí, había hallado la clave que buscaba con ahínco: compraría un paquete de folios y rellenaría tantos como quisiera hasta construir mis propios memoriales de inocencia, mis propias cartas de dolor, amor y rabia...

Sobre nº 2

He decidido omitir fechas porque carecen de sentido. La vida es algo más que la sucesión de causas y efectos que tienen lugar en un determinado espacio y en un medible lapso de tiempo. Como mujer estoy cansada de la esclavitud de los días señalados, esos que la sociedad ha elevado a rango de acontecimientos y que, en realidad, no son más que interminables columnas de sucesos.

Parece que en las efemérides socio-tradicionales se halla la crónica de la vida de una mujer cualquiera, de esas que además de ser mujer tienen que parecerlo cumpliendo a rajatabla un estereotipo social trasnochado y memo. Solo hay que verlo, repasar un poquito el calendario o leer entre líneas el curriculum de la hembra-estándar para entender como, poco a poco y sumisamente, todas nos hemos cargado de cadenas. Por ello quiero viajar mentalmente en el tiempo; mi objetivo no es otro que, siempre a partir de fechas señaladas, construir mi crónica vital, la mía y la de una mujer cualquiera.

Comienzo mi viaje sumergiéndome en el santoral; lo hago así porque tiene una característica que ha contribuido de forma determinante a la creación del mito más innoble y vergonzoso que han visto los tiempos. No exagero, simplemente no soporto ese álbum de cromoestampitas, algunas incluso repetidas, que ha instaurado la civilización occidental bajo la premisa antinatural de que todas las santas fueron vírgenes o se convirtieron en mártires para no dejar de serlo. Claro está que, a tenor de los hechos y a diferencia de los santos masculinos que parecen tener bula en ese aspecto, durante estos veinte siglos no debió abundar mucho la comunión de santidad y virginidad entre las hembras; solo hace falta analizar estadísticamente el santoral y nos daremos cuenta de que el ochenta por ciento de los nombres de mujer son la misma Virgen María, obligada a aparecerse en multitud de lugares diferentes para que el catálogo de nombres femeninos no fuera tan escaso que nos obligase a llamarnos todas, o casi, de la misma manera. Pero el problema, incluso, no es ese solamente; el quid de la cuestión es la afrenta que supone la discriminación que se hace patente cuando la impronta de la palabra "virgen", con mayúsculas o minúsculas poco importa, se impone como sello de calidad a todo un genero. Nunca una mujer, como esa Virgen que nos han legado los tiempos, ha sido tan decisiva para subyugar y establecer diferencias entre dos sexos que han nacido para encajar perfectamente y vivir en armoniosa existencia. Ella y la naturaleza han hecho posible la existencia del carácter y la posibilidad de la prueba; me explico: una ha elevado a rango de calidad una mera cuestión de diseño genético que la segunda incluyo en todas las hembras; así, de esa forma tan sencilla, provocaron que la debilidad masculina pudiera inventarse su particular "prueba del algodón", como si las mujeres fuésemos un paquete cuyo precinto intacto es la garantía de que el destinatario recibe el contenido integro y sin que nadie, con anterioridad, lo haya abierto. Se resume en una frase esta fecha señalada: "yo también perdí la virginidad y con ella la inocencia"; hoy, años después, miro a mi hija de ocho años y le digo en silencio: "no quiero que seas un inmaculado paquete al que un día alguien abre para extraer todo lo bueno que lleva dentro, te quiero mujer con toda la grandeza que ello conlleva y sin renunciar, jamás, ni a tu vida ni a tu inocencia". Yo se que Analén me escucha porque me mira y me sonríe mientras juega.

Soy madre porque así lo he decidido y la vida me ha dado ese privilegio; pero no soporto los "días de la Madre", quizás porque una mujer es madre antes de serlo. Acordarse de que en casa hay una madre es tan inhumano como estéticamente correcto, tan noble como desleal, tan estúpido como perverso. Yo quiero ser como el Dios de los ateos, ese en cuya existencia no crees o ignoras pero al que invocas cuando has perdido la esperanza o se ha acercado el horizonte a tu puerta. Sí, no quiero que haya un día especial en el que todos se den cuenta de lo mucho que me han ignorado y así acallen su conciencia; a lo mejor a mi no me apetece ser madre ese día y, sin embargo, he estado trescientos días de madre ejerciendo.

Estar casada es otro de mis defectos y no lo digo por nada que tenga que ver con mi pareja; simplemente me recrimino el haber cedido a otro estándar típico y no haber sido capaz de decirle a la vida que soy libre pero que he decidido, sin renunciar a mi libertad, unificar mis sentimientos con aquella persona que deseo y quiero, sin preestablecida fecha de caducidad o limite de tiempo. ¡Que simple hubiese sido y, a la vez, que inocente!, pero cedí a lo tradicional y dejé que, otros y públicamente, subrayaran una fecha en mi vida cuando lo que yo quería era estar junto a él como sentía haber estado desde siempre. Ahora, en una visión retrospectiva y algo mágica, me doy cuenta de que me hubiese gustado mantener mi relación en el más absoluto de los secretos, sin formalidad alguna y a espaldas de la gente; quizás así no se habrían ido los tiempos llenos de besos furtivos y citas secretas, de parecer soltera y no ejercer o de que mi madre me tratara como una niña por la que pasan los años pero cuya edad no crece.

Soy tonta, ya lo sé, pero reconozco que me gustaría que la gente pensase que tenia tres hijos de soltera mientras, en esa intimidad donde guardamos las cosas mas bellas, yo sabría que eran del mismo hombre con el que había decidido soñar sueños comunes mientras nos dormíamos, juntos y abrazados, en el mismo lecho. Pero no fue posible y, de manera ingenua, puse fecha de inicio a nuestro amor cuando no era cierto; hoy, veinte años después del día de mi boda, me niego a celebrar cada aniversario porque siento que nunca he estado casada ni soltera, que simplemente ha vivido toda mi vida con la persona que quiero.

He agotado el folio en argumentaciones para justificar la razón de omitir las fechas, lo cual no es muy coherente. Son cosas del comportamiento humano, de esa tendencia que tenemos las mujeres a justificar cada uno de nuestros actos, aunque nadie nos pida explicaciones sobre lo que hacemos. De todas formas me quedo más tranquila, siento que una paz interior me invade y me coloniza sigilosamente. Desde hoy, este día sin fecha, creo que voy a ser distinta porque he encontrado una forma de percibirme, de saber que estoy aquí o de que no me he diluido fruto de un proceso de ósmosis con el tiempo.

Sobre nº 3

Hace apenas unas horas que poseía la tranquilidad, que había obtenido un poco de felicidad escribiendo en un folio; pero no ha sido más que una breve pausa en la tormenta que sacude mi alrededor desde hace un tiempo. Me he levantado de cama, es de madrugada y hace frío fuera, como si recordara que hay una droga que me permite evadirme de la realidad y que, en un silencio perfectamente dibujado, me transporta a la orilla de los nómadas insomnes que buscan paz y sosiego en un mundo en el que, ambas cosas, están prohibidas. La realidad me ahoga, extiende sus negros brazos alrededor de mi cintura y me roba el aire hasta dejarme exhausta y débil. Es una realidad solidaria con todos nosotros a pesar de los esfuerzos de él, de ese hombre que mantiene alta la cabeza desafiando todas las leyes de la gravedad y que hace nacer en mi una profunda compasión, acrecentando, día a día y sin quererlo, esa fría y sutil desesperanza que me cala hasta los huesos.

No, las cosas no van bien y nadie sabemos como evitarlo. Ayer hablé con la nevera y le pregunté el porque estaba hambrienta de viandas; lógicamente no se dignó a responderme, las neveras son así de discretas y prefieren callar antes que decir necedades. Yo lo percibía; yo notaba la proximidad del hambre en la alacena y en aquel armario que, en los años de abundancia, fue despensa improvisada; pero hoy, en ellas, había demasiado aire y solo sobraba espacio en sus estantes de madera.

Él llegó repitiendo los mismos gestos de ayer, idénticos también a los que repetía desde hace años, pero con menos sonrisa en su rostro y con alguna arruga de más en su ánimo. Le oí llegar pero no salí a recibirlo, hacia tiempo que él sabia lo mucho que le amaba, y esperé a que entrara en la cocina para mirarlo tratando de descubrir si el día estuvo lleno de buenos o malos ratos. Los niños dormían ya mientras él me miró con ojos llenos de tristeza y labios huérfanos de palabras; de su mano colgaba una bolsa pequeña y fláccida, tan escasa como era necesario para que nadie alegrase el gesto pensando en un interior lleno de sabrosos alimentos y un frasquito de esencia de esperanza.

Solicitó leche y algunas galletas en voz baja, como mujer podía entender la humillación moral que sentía en aquellos momentos el llamado "hombre de la casa". Calenté la leche con más cariño que nunca mientras brotaban mis lagrimas; saqué las mejores galletas que teníamos, las únicas que nos quedaban, y las puse encima de la mesa con una sonrisa que había estado ensayando mientras secaba mis lágrimas en una servilleta de papel, esperando su llegada. Podría decirle lo que necesitábamos, aquellas cosas de las que carecíamos pero que eran imprescindibles para ir tirando; pero no me salían esas palabras de "necesito leche", "se ha terminado el aceite", "no queda fruta" o "la bombona se ha agotado". La vida era irónica y nosotros unos hidalgos; a él le habían robado los sueños y , sin sueños, nosotros no podíamos alimentarnos.

Todo era vacío y sin sentido, exento de la más mínima lógica que ha de presidir todos los actos; de pronto las empresas se habían extinguido pero había que dar la impresión de que nada sucedía o que éramos ajenos a cualquier cosa que no fuera la abundancia.

Recordé aquel film americano en el que una amiga le dice a otra, que llora porque ha pasado de la riqueza a la pobreza en un instante, "da la mejor fiesta que hayas organizado, no consientas que te compadezcan porque no solucionaras tus problemas y, encima, darás lástima". Por eso seguíamos manteniendo nuestra vida de antes, aparcando el Mercedes y llevando a los niños al parque; sí, seguíamos sonriendo en público mientras llorábamos en privado y rezábamos en silencio para que los demás no adivinasen nuestras lágrimas.

Ni siquiera había lugar para la rebeldía, todo el espacio nos era vital para resistir hasta que una luz de esperanza nos hiciese de faro y, a través de la tormenta, nos guiase. Por eso escribo en primera persona y con el alma, porque necesito decirme a mi misma que hay una versión alternativa desde el reducido mundo del ama de casa.

Hoy él se durmió y hace un momento me despertó el ruido que hacían sus pesadillas trágicas; quise abrazar su cuerpo y, abrazada a él, despertarlo con besos de madre; pero no pude porque las lágrimas mojaban mis brazos y los besos no eran más que actos de compasión que vivían en mis labios. Casi estuve a punto de hacerle el amor pero no pude, no quería mezclar cariño con dolor ni placer con amargura; prefería velarlo despierta, como si fuese un bebé y necesitara mis cuidados.

El exterior me espía a través de la ventana y estoy vestida con un breve salto de cama. En otro tiempo me gustaba ver las estrellas y la luna, tan próximas todas y tan lejanas; pero hoy no era ese tiempo y la luna me parecía un queso, mientras las estrellas me recordaban el brillo de las lagrimas. Sé que dentro de un momento voy a levantarme, recorreré el pasillo con la excusa de beber un vaso de agua pero no lo haré; en realidad iré a la habitación de los niños para respirar la inocencia que en ella hay acumulada, luego regresaré junto a él para seguir despierta y mirándolo, acostadita en medio del silencio que duerme con nosotros en la cama

Y no sé si volveré a escribir, si regresaré para continuar este memorial de fracasos. Estoy vacía y , aun peor, vacía está mi alma; tan mal me encuentro que me duele hasta el bolígrafo y, además, casi no encuentro ya palabras.

Sobre nº 4

No quería hacerlo pero he regresado, quizás tuvo algo que ver la soledad o el hecho de no haber encontrado las amigas que esperaba.

Ha pasado un tiempo y nada ha cambiado, solo que mis hijos han crecido mientras mi marido iba eliminando de su vida, poco a poco, los espacios. Yo sigo sin hacer mayonesa porque dicen que si la haces con amargura se avinagra; pero he aprendido a confeccionar nutritivos menús con casi nada de carne pero con mucha ensalada.

También he aprendido cosas que antes ni sospechaba; por ejemplo puedo garantizar que hacer el amor es nutritivo y apenas tiene grasa. Recuerdo que hace unos días, en una revista que me dejaron, aparecía un articulo que explicaba las cualidades nutritivas del semen y aseveraba que, cada orgasmo masculino, equivale a medio kilogramo de la mejor carne. Me dejó sorprendida pero la curiosidad no me mata y, pese a lo que digan los expertos, no estoy por la labor de contrastarlo e incluirlo en mi dieta cotidiana.

Ahora practicamos más el sexo y seguimos haciendo el amor con la misma pasión que hace años; en este sentido me considero una privilegiada por que cuento por orgasmos todos mis actos sexuales. Ello es importante porque cada vez que hacemos el amor dejamos atrás todo aquello que nos atenaza, son instantes de tregua, casi pausas, en los que la paz se hace dueña mientras huye, temerosa, la batalla.

Hay mujeres, sin embargo, que no gozan de estas oportunidades. Conozco a muchas que llevan años satisfechas con lo que tienen y no tienen nada, que no saben lo que es un orgasmo o que absorven el fluido de su pareja con la misma sensibilidad que poseen las maquinas. No puedo entenderlas porque son esclavas voluntarias, mártires hipócritas consigo mismo que no desean la felicidad ni quieren darla; son como las bisagras de la puerta de entrada de una casa, esas que se abren de piernas cuando llaman y se cierran una vez que la visita se ha marchado. Ellas son la mayoría pero también conozco otras que despiertan en mi igual repugnancia; son las estrechas, seres libidinosos y letales que viven en una frustración permanente, soñando con aventuras pornográficas con el marido de la amiga o el hermano de la cuñada, pero incapaces de aprender con su pareja todos los juegos de alcoba hasta elevarlos a su expresión máxima de pasión, sin perder por ello un ápice de su inocencia.

Me invade el rubor porque temo que alguien lea esta pagina, sin embargo me satisface poder dar fe de lo llena que me siento. En muchos sentidos aun soy una niña a la que la vida ha herido en su alma pero no en sus sentimientos, que aún escucha con quinceañera ilusión el suave roce de la ropa interior al caer al suelo mientras crece el grado de humedad en el ambiente y, como una flor, vuelvo a sentirme mujer entre sus brazos.

Como un volcán, mi hija Analén rompe la solidaridad con la que me mira el silencio. Le regalo una caricia mientras me dice algo que no entiendo; solo pido para ella que herede mi mágico privilegio, petición que elevo al cielo y convierto en plegaria en el mismo momento en que la siento, a mi cuello, abrazada.

Sobre nº 5

Me refugio aquí porque en este papel encuentro pequeñas pizcas de ese sosiego del que estoy tan necesitada..

¿Que puede una hacer cuando se le cae encima el universo por repartir solidaridad a manos llenas?. Yo no lo sé ni encuentro la respuesta; a lo mejor es que no existe solución o que, de existir, me duele tanto que no quiero verla

Hoy he discutido con mi pareja pero es un secreto. Que mi relación es perfecta forma parte de la imagen que quiero y que no estoy dispuesta a perder, bajo ningún aspecto. El problema es que, desde hace un tiempo, nuestra convivencia sufre terremotos de intensidad creciente y con demasiada frecuencia. Modestamente creo que el origen de todo es la escasez de dinero.

Releo las frases anteriores y las encuentro demasiado breves, excesivamente contundentes y, al mismo tiempo, tan interpretables que me dan miedo. En realidad el cuadro es simple, solo hay que entender la frustración que va inundando, paulatinamente, el espíritu de quien ha sido siempre el proveedor habitual y se encuentra en la trágica situación de mendigar provisión a sus parientes. La realidad es tan cruda como compleja, tan extraña como evidente o, también, que hay personas que se resisten a perder la dignidad y eso les duele.

Él cree que ignoro gran parte de sus esfuerzos y yo no puedo decirle que sé que le sangran los nudillos de golpear tantas puertas. Eso afecta al dialogo y la comunicación se resiente; para él todo se limita a la aplicación de la teoría del martillazo: al que lo recibe le duele mientras el que observa solamente lo siente. Pero yo recibo y observo al mismo tiempo; recibo porque soy una con él, observo porque él no me deja ponerme entre el martillo y sus dedos.

Discutimos así por tonterías y de todo hacemos la mayor de las tragedias, pero sé que me quiere y que le quiero.

Esa dualidad del "quiere-quiero" otorga un futuro a las trifulcas domesticas, un instante en el mañana que augura una paz sin disculpas porque ambos adversarios se pelean con las yemas de los dedos.

Aún así la presión va dejando indelebles huellas y llego a temer que se haga torniquete y ahogue todo el cariño en un velo de aversión, tan negro como el color negro, surgido de instantes de estallido en los que llegas a proferir palabras para hacer el mayor daño que puedas.

En estos momentos me gustaría vestirme de silencio para evaporarme como el agua del mar en el verano o, también, para convertirme en un ser tan invisible que provoque miedo con solo verme. Pero no puedo, lo mío es otra cosa y he de vivir con ello; he decidido ser "ella" durante un tiempo, la compañera callada y eternamente satisfecha, y actuar como si fuera una medicina y él estuviese en tratamiento.

Ahora no quiero escribir más, aunque sigo escribiendo. Me consuela que se puedan escribir poemas de amor con palabras y escenas cotidianas; son los himnos domésticos, canciones cantadas con gestos habituales, que se convierten en secretas odiseas perdidas en el tiempo o en cadáveres enterrados bajo un manto de nostalgia.

Sobre nº 6

Vengo del hiper y aún jadeo compulsivamente tratando de dar a mis pulmones aire; vivir en un quinto sin ascensor tiene esas "ventajas".

Ayer fue, para mi, un día intelectualmente especial: estuve inmersa en la detenida lectura de las promociones quincenales. Hecho el estudio de mercado y diseñado el plan estratégico de operaciones, me enfundé en el uniforme de ama de casa -ropa habitual con carrito incorporado- y pasé a la acción, casi como un comando de las fuerzas especiales.

Pero el problema no radica en salir a hacer la compra, lo agobiante es tener que aguantar a las ineludibles "reinas del supermercado". Ellas saben más que nadie de ofertas y precios, de la vida de los demás y de múltiples cotilleos que determinan la vida diaria. Para mí no son más que la expresión de la ignorancia maruja, esa misma regresión evolutiva que Darwin olvidó incluir en su teoría o reconocer en la práctica. Son el eslabón perdido, el Jesús Gil en formato femenino, carentes de sensibilidad, revistófilas diplomadas, capaces de conocer al dedillo los chismes de actualidad y de seguir, sin pestañear, los dos mil capítulos de la telenovela que cuenta las venezolanas desgracias de Rosalinda y Antonio-Luis Eduardo. El mero roce con una de ellas me produce vómitos, quizás porque padezco de una crónica alergia de tipo asmático que entra en crisis cada vez que me acerco a seres alienados. Lo siento si parece vulgar pero, íntimamente, las miro y no dejo de repetirme que necesitan un buen polvo más que los peces el agua.

Pero he de reconocer que la mía es una opinión minoritaria y, por ello, democráticamente escasa de autoridad práctica. Estamos en occidente y la televisión no se cansa de decirnos que Europa, en su conjunto, es la mayor de las democracias; lo cual me hace temblar ya que, a este paso, la pléyade de marujas, marujos y reinas del supermercado acabarán imponiendo su mayoría y obligando al futuro gobierno Europeo a editar diariamente un Boletín Oficial de Chismes y Rumores Autorizados. Me imagino largas colas de especímenes humanos en bata de casa, a las siete de la mañana, esperando ansiosos la llegada al kiosco de los primeros ejemplares mientras comentan, con los ademanes de la gente enterada, las posibles desviaciones, al alza o a la baja, en la cotización del ultimo cotilleo que saben hoy pero que el BOCRA oficializará mañana. A mi me da miedo porque es tanta la versatilidad de estos seres, tan extrema la superficialidad de sus decisiones "racionales", que es posible que nos hallemos ante un futuro totalmente hipotecado.

Claro que salgo del súper y me doy de bruces con la "generación next", lo cual no me hace recuperar el ánimo. Jóvenes de ambos sexos que, mayoritariamente, ocupan el espacio donde habitan todos los interrogantes; yo los veo como sonámbulos, pasando de todo porque subconscientemente están convencidos de que no pueden alcanzar nada y lo mejor, antes que deprimirse, es no desearlo. Y regreso a casa mientras reflexiono y en cada recodo del camino me parece ver que el futuro está donde hoy habita lo que, con autosuficiencia estúpida, llamamos falta de civilización o, para ser más drásticos, barbarie. Allí aún hay objetivos porque existen necesidades tan primarias como el hambre, porque el estado de bienestar es inconcebible o porque están demasiado próximas las carencias materiales para ceder ante retóricas burocráticas.

Y en esa entropía de estómagos vacíos y necesidades extremas las respuestas son mucho más fáciles. Allí no hay supermercados ni ofertas y las marujas no existen porque hasta ellas no llegan los culebrones venezolanos; incluso los jóvenes saben que tienen hambre y que solo comiendo pueden saciarla.

Concluyo que la alternancia étnica está garantizada y que, a través de la historia, siempre el mundo "civilizado" cayó mansamente a los pies de la "barbarie", muy probablemente porque mientras unos cumplimentaban interminables series de burocráticas instancias y estudios oficiales los otros, actuando por instinto, saciaban su hambre, como primer paso antes de sentarse frente al televisor y ver el enésimo capitulo de la inefable telenovela venezolana. Mientras yo me siento impotente y me planteo seriamente si no seria mejor reciclarme. Instintivamente pienso en "Hola" y en "Semana", en el "Pronto" y en otra docena más de publicaciones maruja que siempre me resultaron insoportables; la verdad es que no me veo sustituyendo mis libros de cabecera por esa "literatura" que ha conseguido, quizás, lo que los hombre jamás habían logrado: reducir espiritualmente el concepto de lo femenino a un papel secundario.

Con todo el dolor del mundo y con el alma llena, probablemente, de muchas lágrimas hablaré con mi marido y le diré que es mejor morir de pie que vivir arrodillado. Cambiaré mi discurso y le diré que luche más porque nosotros estaremos siempre a su lado, felices de conquistar derrotas y perder sueños dorados; la vida es como la rosa cuya belleza te impulsa a cogerla para disfrutar de un efímero instante de su aroma mientras, inevitablemente, sus espinas desgarran la carne de tus manos. Yo quiero coger la rosa de la vida, quiero estrechar su aroma entre mis brazos y quiero hacer mío el dolor que ello implica; sin sacarle las espinas ni convertirla en la Rosalinda ñoña y empalagosa, esa que crece en los jardines de los culebrones con aroma venezolano esperando, con encefalograma intelectual extraordinariamente plano, a que llegue el Antonio-Luis Eduardo, con su "Lecturas" bajo el brazo, y estornude para que pueda decirle "Jesús" y el contestarme "muchas gracias".

Sobre nº 7

No se cuando volveré a escribir porque le he dicho a él que debía seguir luchando. Hablamos mucho rato porque entendía que él lo necesitaba; al final me invadió la satisfacción, esa sensación tan especial y particular que las mujeres apreciamos mas que nadie. Dentro de una hora empiezo a trabajar, ahora son las seis de la mañana. Mi empleo es humilde como han de ser las cosas buenas. Me esperan interminables escaleras y habitaciones, durante un tiempo escribiré mi vida en el suelo, con una escoba por bolígrafo y una fregona como goma de borrar las manchas de tinta que dejen mis lágrimas.

No me importa que la vida me haga limpiadora porque no me quita ni libertad ni inquietudes intelectuales; a lo mejor soy una estúpida pero creo que he vencido y que nada ni nadie podrá robarme la sensación de victoria que anida en mi alma. Llevo conmigo un equipaje invisible pleno de sueños y esperanzas; en el fondo disfrutaré cuando me cruce por los pasillos con gente que se cree de alto standing. Ellos no sabrán de mi apenas nada, solo soy la señora de la limpieza que pasa por la mañana; en cambio yo sabré quien soy y cuales son mis esperanzas.

He acariciado a mis hijos, a los dos que están en casa y a Rori en la distancia; no me atrevo a besarlos, Jon duerme y Analén está dormida con un peluche entre sus brazos. En la cocina está él, yo sé que un poco derrotado porque se siente como un tetrapléjico, amarrado a una silla de ruedas imaginaria que le ha llevado a reducir su hábitat hasta mínimos vitales; pero se recuperará, es un Aries, volverá a estar en primera línea y a ser el inventor de todo, al que todo el mundo olvida pero que siempre hecha de menos cuando falta. Él me dejará marchar escondiendo su mirada; luego, en la soledad, releerá sus libros de filosofía oriental en busca de palabras clave que le ayuden. Mas tarde, en un tiempo no muy lejano, recuperará su instinto y su motivación para enfrascarse en otra nueva tarea revolucionaria. Y al final yo seré la señora de la limpieza y él luchará para que la basura no nos impida seguir siendo seres humanos; cada uno en su lugar, yo con mi escoba, él con sus palabras.

Mientras llega el momento que mora en la distancia, yo soñaré con mariposas de cristal con alas de seda estampada, con viajes más allá de mi alrededor, quizás a través del vidrio que he de limpiar en las ventanas, y con un mundo tan utópico que nadie puede imaginar pero que se que esta ahí, aguardándome.

Quizás algún día, en cualquier tiempo y sin importar el instante, vuelva a releer estas humildes páginas. Si eso ocurre, cosa bastante probable, miraré atentamente entre las líneas, allí donde viven los espacios en blanco, con la esperanzadora fe de encontrar toda la inocencia de mujer que jamás abandonará mi alma. A lo mejor, en ese tiempo del mañana, tendré más años y más canas; hasta es posible que haya pasado con éxito la edad de la menopausia y me encamine, firme y lentamente, a esa edad que queda próxima a jubilarse. Todo es posible en ese mañana, todo menos la nostalgia; para ello habré vivido una vida de mujer, llena de experiencias y de inocentes memoriales que morirán conmigo; porque quiero morir como las margaritas: bajo huellas de amor que dejen seres humanos.

Miré a mi alrededor pero solo encontré libros y muebles, había anochecido y yo aún estaba en mi despacho. Por primera vez en mi vida me fije en lo limpio que estaba, en los libros armoniosamente ordenados, en la ausencia de polvo y, también, en la cristalina trasparencia de los vidrios de mis ventanas.

Por primera vez, que no por última, entendí que en todo mi alrededor habitaba la esencia de alguien ignorado pero reiteradamente presente cuando yo no estaba. Hasta aquel momento, para mí la "señora de la limpieza" no era más que un recibo a fin de mes, un pago de lo muchos que abonaba. Y aunque no sabía si era ella la que olvidó incluir remite o firmar las cartas, pensé que la proximidad, a veces, engaña. Quizás por ello cogí un folio en blanco y abracé el lápiz con mis manos para poder escribir una breve nota y dejarla, encima de mi mesa, abandonada:

"Gracias, solo gracias"

Apagué la luz y al exterior encaminé mis pasos. Regresaba feliz a casa porque pensaba comprar una rosa y, encima de la mesa, dejársela mañana".

Concluir la lectura de sus originales renovó en mi interior la paz que dormitaba, aletargada y minúscula, desde hace años. La vida era una sucesión de circunstancias colectivamente individuales, era evolución regresiva y, sobre todo, ardiente ansia por consumir unos años que eran prestados.

Cáim, mi viejo, era el personaje central de esta cuatricromía literaria; el ser que autobiográficamente se retrata para regodearse de su propia catarsis y, probablemente, de ser víctima de su propio mito de Casandra. Es la rebeldía genuina de los "Himnos Urbanos" que se transforma en la omnipresente rendición absoluta de "Historia de un hombre que cosió un traje a un botón"; metafórico transito, de gusano a mariposa, de un personaje, que no olvida que hubo un tiempo en que fue crisálida.

Yo, Nibras, puedo ahora reconstruir la historia sin temor a equivocarme. Puedo afirmar que la descarnada ironía del hombre inteligente, que por otro lado es incapaz de permanecer seco debajo de un paraguas, no es más que el efecto lógico del peso de la experiencia sobre el personaje central de los himnos urbanos. Una frustración decisiva, un momento clave, que le obliga a coser un traje a un botón mientras huye en un tren moderno, incapaz de transportar esperanza. Así regresa y sueña con otra oportunidad de reivindicarse; pero la tragedia clásica se cierne sobre él y no puede evitar un final lleno de cartas de dolor, amor y rabia.

Ero Cáim es un autoscópata por definición, un alucinado que cree poseer la facultad de poder ver lo que ocurre en su interior y que, lamentablemente, se olvida de que no es mas que una alucinación lo que parece ser real en su mente.

Yo sé lo mucho que le hubiese gustado ser el Azoth, la teosófica substancia que da origen a todas las cosas, el llamado "cuaternario físico" -calor, claridad, electricidad y magnetismo- y esa piedra filosofal que es principio y fin de todas las mentes y de todos los cuerpos. Cáim quisiera ser, enfin, la reencarnación de Hermes Trimegisto para exhibir su "Tábula smaragdina" y poder subirse a un púlpito y gritar:

- Debéis partir hacia la tierra de los fuegos, de lo sutil y lo burdo, despacio y con gran laboriosidad. Yo os ordeno ascender desde la Tierra al Cielo para, después, descender del Cielo a la Tierra; así comprobareis la fuerza de las cosas superiores y ,también, de la inferiores. Yo os digo que es la fuerza cósmica, la visión fractal que mueve al universo...

Pero, a su pesar, el inmortal Hermes se le había adelantado...

Quizás por ello se me antojaban inútiles sus desvelos y, desgraciadamente para él, solo conseguía parecerse a Basil Valentín; aquel monje dominico, alquimista y alemán, que buscando la piedra filosofal acabó mezclando antimonio en el alimento de sus cerdos. Paradojas de la vida, al final todo se resume siempre de la misma manera: buscamos desesperadamente la substancia mágica que nos haga eternos y acabamos asumiendo, al menos subconscientemente, que es más importante engordar cerdos.

Me voy, también regreso; mi segundo viaje ha concluido, al menos eso entiendo. Y veo, mientras me alejo, que Ero Cáim es un Golem, un androide que se cree autónomo porque alguien ha programado así el "disco duro" que él llama intelecto. Sí, los Dioses ha avanzado y depurado las técnicas; ahora ya no hacen el amor con mortales para que nazcan nuevos héroes, se limitan a implantar microchips producidos en serie mientras, de vez en cuando, juegan a ingenieros genéticos y permiten que algún Ero Cáim vague frustrado por la Tierra.

Y a pesar de todo, pienso mientras me alejo, me cae simpático este tipo; quizás sea que me estoy volviendo niño y empiezo a creer reales mis propios sueños...